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martes, 19 de junio de 2007

Ley de parejas de hecho

Autor: Padre José Ignacio Munilla Aguirre

En medio del "monotema" en el que vivimos en nuestro País Vasco, corremos el peligro de dejar sin debatir temas sociales importantísimos, como es el caso de la Ley de Parejas de Hecho, aprobada recientemente por el Gobierno Vasco, y que será presentada en Junio para su trámite parlamentario.

El Sr Madrazo ha alardeado desde el primer momento de presentar "la ley más progresista del estado español". Una ley que pretende equiparar las parejas de hecho con las casadas a todos los efectos, permitiendo incluso la adopción de niños a las parejas homosexuales; con las únicas limitaciones que se derivan de las competencias reservadas al Gobierno Central, y que exigirían modificaciones en el régimen de la Seguridad Social y de un cambio del Código Civil. Es decir, todo un alarde de "progrería" (no digo progresismo), que delata una izquierda política poco madura. Pero que, sobre todo, dentro del PNV, deja al descubierto el progresivo abandono de su tradicional inspiración cristiana, con tal de conseguir más apoyos en su proyecto nacionalista. ¿No será que se ha pospuesto deliberadamente el debate de la ley y su aprobación definitiva para después de las elecciones de Mayo, por el temor de sufrir un desgaste electoral ante los potenciales votantes católicos?

Empiezo por negar el punto de partida en base al cual pretende justificarse esta ley: no es cierto que exista una situación de discriminación con respecto a los matrimonios (civiles o canónicos), que necesite ser subsanada legalmente. Aunque sea brevemente, intento fundamentar esta afirmación:

A) Es especialmente grave el pretendido derecho a la adopción que esta ley otorgaría a las parejas homosexuales. ¡Una cosa es jugar al progresismo demagógico y, otra, manejar la vida de los niños! No existe un derecho a adoptar, y sin embargo, sí que existe el derecho de un niño a ser adoptado por el entorno más idóneo posible. La adopción está pensada en beneficio del adoptado. Lo que se ha de tomar en consideración no es tanto el deseo de los adoptantes, sino su idoneidad. Plantear esta reivindicación como un problema de discriminación, supone hacer pasar por delante del interés del menor, las aspiraciones de algunos colectivos gays.

Difícilmente se podrán considerar a las parejas homosexuales como idóneas para la adopción, cuando es un hecho constatado que su inestabilidad es muy superior a la de las parejas heterosexuales. Justamente lo contrario de lo que necesitan unos niños que ya han padecido esa inestabilidad. La adopción consiste en crear para el niño una relación jurídica, social y afectiva, semejante a la existente con los hijos biológicos. No en vano el derecho romano (anterior al cristianismo) partía del principio de que "la adopción imita a la naturaleza". Lo razonable es entender que solo cabe establecer un vínculo de filiación adoptiva, allí donde podría haber habido un vínculo biológico de filiación.

Como en estos casos suele suceder, puestos a buscar pronunciamientos de los profesionales de la psicología y pediatría; no será difícil encontrarlos a gusto del consumidor. En realidad, es imposible hallar un estudio científico serio, ya que se necesitarán todavía muchos años para comprobar los efectos del "experimiento". Pero en cualquier caso, el principio ético es claro: "los experimentos se hacen con gaseosa, no con niños". Tampoco es éticamente aceptable, forzar la introducción de estas adopciones, con la estrategia de llegar a modificar la opinión pública, por la vía de los hechos consumados.

B) La pretensión de equiparar las uniones homosexuales a las matrimoniales supone una evidente confusión de conceptos, además de una discriminación para el resto de uniones. Si prescindimos del concepto básico de que el matrimonio es la unión del hombre y la mujer, reconocida y tutelada por el estado por ser el vínculo desde el que se regenera la sociedad; caeremos inevitablemente en muchas contradicciones. ¿Por qué había de tutelar el estado legalmente la unión afectiva de dos personas homosexuales y, sin embargo, excluye de tal posibilidad a otras uniones sin vínculo sexual; como la de dos amigos, dos hermanos o dos primos que viven juntos? Si siguiésemos por ese camino, nos veríamos en la necesidad de hacer un registro oficial de amistades. ¡Es básico que tengamos muy claro el concepto de familia y de matrimonio, si no queremos hacer el ridículo!

C) En el caso de las parejas de hecho heterosexuales, que han excluido voluntariamente casarse, es bastante incomprensible que ahora recurran a otro registro con la pretensión de equipararse a los matrimonios. No terminamos de comprender si lo que ofrece esta ley como alternativa al matrimonio, es otra oficina con impresos de distinto color. Y nos hacemos la pregunta de qué habrá que ofertar para aquellos que tampoco quieran este nuevo reconocimiento legal. ¿Quizás otra ley, más "progre" todavía, de "parejas de paso" o de "parejas de temporada"? En resumen, ¡no es cierto que exista una discriminación hacia quien libremente renunció a tener un reconocimiento legal de su unión!

A pesar de todas estas flagrantes contradicciones, corremos el riesgo de ver aprobada esta ley, fundamentada en meros tópicos "progres", y sin la necesaria libertad para expresar nuestro pensamiento, por miedo a la tiranía que se llega a ejercer en nombre de lo políticamente correcto. El matrimonio y la familia son un bien inestimable para la sociedad, y se merecen que nos movilicemos para defenderlos, haciendo de este tema nuestra prioridad.

Endiosamiento del Deseo

Sobre la Ley de Identidad de Género

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre



Esta semana ha sido aprobada en el Congreso de Diputados la “Ley de Identidad de Género”. El Gobierno español, en poco más de dos años, ha puesto en marcha una amplia batería de iniciativas contrarias a la propia naturaleza humana: cambio del concepto de matrimonio, adopción de niños por parejas homosexuales, desprotección del ser humano en su fase embrionaria, restricción en la práctica del derecho de los padres a educar a sus hijos… y, ahora, la Ley de Identidad de Género. Por lo visto, eso de que tengamos que ser hombres o mujeres por naturaleza, ahora se entiende como una imposición inadmisible, y en adelante el ciudadano podrá ejercer el derecho de elegir libremente su sexo.

Esta nueva ley resulta tan sorprendente y extraña para la mayor parte de la población, que posiblemente sea ignorada o reducida al comentario cómico e irónico. Sin embargo, nos equivocaríamos si no le prestásemos la debida atención. Esto, a pesar de las apariencias, no es ninguna broma, sino un paso más en la implacable puesta en práctica de la llamada “ideología de género”.

1.- ¿Mera respuesta a una demanda social o política activa? Las políticas liberales suelen autojustificarse con el argumento de que se limitan a dar un marco legal a las demandas sociales existentes. Pero la historia reciente del divorcio y el aborto nos ha enseñado más bien lo contrario:

En vísperas de la introducción de la ley del divorcio en España, en 1981, el entonces Ministro de Justicia, Francisco Fernández Ordóñez, afirmó sin titubeos que “medio millón de parejas esperaban esa ley como agua de mayo para formalizar la ruptura de sus matrimonios”. Afortunadamente, cometió un pequeño error de cálculo. El número total de las parejas que solicitó el divorcio en los dos años posteriores a la aprobación de la ley, no llegó al 7% de sus pronósticos.

En 1985 se despenalizaba la “interrupción del embarazo”, con un argumento similar. Había que dar un marco legal a los 300.000 abortos anuales que se calculaban se estaban realizando en la clandestinidad. Sin embargo, al año siguiente de la despenalización se registraron tan solo 467 abortos legales.

Eso sí, a partir de ahí, el aborto y el divorcio no han hecho sino crecer en España, hasta superar los 80.000 abortos y las 87.000 demandas de divorcios del año pasado. Paradojas de la vida, aquellos datos ofrecidos a la opinión pública como estimaciones de una realidad falseada, acabaron siendo más bien vaticinios de la degradación moral que esas leyes iban a promover. Lo cual demuestra que las políticas familiares no se limitan a dar marco legal a las realidades sociales con las que se encuentran, sino que las generan activamente.

Pues bien, la historia se repite, y el número de parejas homosexuales que solicitan el matrimonio o de transexuales que vayan a inscribir en el Registro Civil su cambio de sexo, en el momento actual es insignificante. La ley actual, ¿da solución a un problema o, por el contrario, va a contribuir a que se genere?

2º.- ¿Esto nos afecta en la práctica? Muchos pueden pensar que estamos ante una iniciativa tan excéntrica, que difícilmente va a tener incidencia en nuestras vidas. Pero, por desgracia, la experiencia nos dice que se equivocan.

Una de las consecuencias más rápidas y notorias que tendrá la actual disposición (al igual que ha ocurrido con el llamado “matrimonio” homosexual), es que los contenidos de las asignaturas cursadas por los niños españoles serán revisados para adecuarse a la nueva legislación. Al niño se le instruirá en que, como ciudadano español, puede casarse indistintamente con un hombre o una mujer; y que, igualmente, puede aceptar la condición sexual con la que ha nacido o cambiarla, si no se siente a gusto con ella. La consecuencia será que el niño se connaturalice con unas propuestas totalmente extrañas a la educación que se le trasmite en el seno de la familia. En la práctica, será un gravísimo obstáculo para que los padres puedan hacer valer su derecho constitucional de educar a los hijos conforme a sus principios y convicciones.

3º.- Al fondo está el endiosamiento del “deseo”: El centro de nuestra cultura secularizada, no es otro que el endiosamiento de la propia voluntad. Más exactamente, habríamos de decir, del “deseo” (que no es lo mismo que la voluntad, a decir verdad). Uno ya no tiene el sexo que tiene, sino el que quiere. ¡La naturaleza no es quién para imponerle a nuestra sacrosanta libertad el sexo con el que nacemos! A partir de ahora seremos nosotros mismos los que “fabriquemos la realidad” a nuestra medida, cuando ésta no responda a nuestras expectativas. Ni que decir tiene que será totalmente rechazado cualquier intento de educar y adecuar nuestros sentimientos y deseos en conformidad a la naturaleza. ¡Esto sería percibido como la reedición de la inquisición en nuestros días! Llegamos así a la tentación diabólica de los orígenes de la humanidad: “Seréis como dioses, conocedores (determinadores) del bien y del mal” (Génesis 3,5).

Sin embargo, paradójicamente, lo único que el “endiosamiento del deseo” no es capaz de conseguir es la felicidad. Los teóricos de la “Ideología de Género” han ignorado la objetividad de la naturaleza humana, pretendiendo moldearla cual si de chicle o plastilina se tratase. Por el contrario, y aquí está la paradoja: sólo alcanzan la felicidad aquellos que aceptan la realidad y se adecuan a ella. “La Verdad es la que nos hace libres” (Jn 8, 32), no nuestro deseo.



+ José Ignacio Munilla Aguirre

Obispo de Palencia